
Anoche entre la tormenta primaveral que casi deja inundado medio Madrí, fuimos con Mr. Frogo a ver Zodiac, la última película de David Fincher, y luego de las casi 3 horas de metraje salimos con el pulgar apuntando hacia el cielo, sonrientes y con la grata sensación de que no se nos había subestimado.
Zodiac es un thriller y no voy a contar de que va en detalle porque para eso están los 12 mil links llenos de spoilers que hay desperdigados por la red.
Solo decir que, al margen de que desde el comienzo fuimos invitados a acompañar a los personajes en el viejo juego del ¿quién será el asesino?, en el camino fuimos descubriendo muchas otras capas entrelazadas y desarrolladas con elegancia que terminaron reverberando en nuestra memoria emocional.
Sí, porque con Mr. Frogo justo habíamos estado hablando de las experiencias que vivió en un super centro de lectura en Salamanca que tuvo que visitar la semana pasada, de su impacto en la comunidad, de nuestros recuerdos sobre las bibliotecas, los libros o revistas que solíamos leer de niños, hasta terminar discutiendo sobre el tema de los analfabetos funcionales. Y justamente de ellos está rodeado el protagonista principal de esta película. Un joven dibujante que convive en la redacción de un periódico con un grupo de animales alfa que no se percatan de su existencia hasta que les da la mejor lección de “como llegar hasta el fondo de una historia sin ser ni periodista ni detective” (la película de hecho está basada no solo en los sucesos que rodearon el caso del Zodiac real, sino más bien, en la obra literaria del verdadero joven dibujante Robert Graysmith respecto de ellos).
Pero ojo, aquella lección no radica exclusivamente en que el protagonista busca “más” en la biblioteca. Radica en que busca “mejor”. Es capaz de relacionar lo que lee con experiencias presentes o pasadas (básico pero difícil). Además, es el único en la historia que parece dispuesto no solo a enfrentarse a sus miedos, sino que también a pagar el precio de obsesionarse con ellos, hasta sus últimas consecuencias.
Eso sí, aquí se nota que la peli es un thriller y no un drama, o un intento de mezcla de ambos, pues más que preocuparnos de los “por qué” de esta obsesión, nos centramos en la acción que ésta desencadena, sin alejarnos de la pregunta original sobre ¿quién es el jodido asesino?
En Seven, Fincher ya había explorado los dilemas morales de los personajes en su lucha contra el mal. Aquí la cosa era vivir en carne propia la angustia-obsesión-frustración con que la pregunta fustigó a una sociedad. Sentirse perdido con tantas pistas que no conducen a nadie, o peor aun, sentir constantemente que se está cerca pero no.
No extraña que Fincher se haya decantado por esta historia para regresar a las pantallas. No en vano, él como director también es conocido por ser obsesivo, si no el más.
Pero claro, a la peli también le encontramos vacíos, e incluso no nos gustaron algunos de los actores y sus personajes, pero mágicamente le perdonamos todo. Terminamos sacándonos el sombrero ante su capacidad para exponer tanta info sin hacernos desaparecer en la oscuridad de la sala. Sentimos que para Fincher era importante que estuviésemos ahí. Respetamos que no haya optado por soluciones fáciles y efectistas respecto de la historia y su evolución, y que en cambio haya decidido narrar de una manera seca y fiel los hechos retratados.
Al final (no, no es un spoiler) nuestra necesidad de resolución se resuelve de una manera exquisitamente cinematográfica y nos vamos contentos por la experiencia.
Quizás, y volviendo a lo que decía en un comienzo, nos fuimos contentos por el hecho de que se confió en nosotros. En que éramos capaces de aceptar las reglas del juego, de asumir las consecuencias y disfrutar con ellas. Algo parecido a lo que le ocurre al protagonista. En otras palabras, Fincher se la jugó y confió en que no éramos analfabetos funcionales, regalándonos una obra que el reconoce como un paso hacia su madurez.
Zodiac es un thriller y no voy a contar de que va en detalle porque para eso están los 12 mil links llenos de spoilers que hay desperdigados por la red.
Solo decir que, al margen de que desde el comienzo fuimos invitados a acompañar a los personajes en el viejo juego del ¿quién será el asesino?, en el camino fuimos descubriendo muchas otras capas entrelazadas y desarrolladas con elegancia que terminaron reverberando en nuestra memoria emocional.
Sí, porque con Mr. Frogo justo habíamos estado hablando de las experiencias que vivió en un super centro de lectura en Salamanca que tuvo que visitar la semana pasada, de su impacto en la comunidad, de nuestros recuerdos sobre las bibliotecas, los libros o revistas que solíamos leer de niños, hasta terminar discutiendo sobre el tema de los analfabetos funcionales. Y justamente de ellos está rodeado el protagonista principal de esta película. Un joven dibujante que convive en la redacción de un periódico con un grupo de animales alfa que no se percatan de su existencia hasta que les da la mejor lección de “como llegar hasta el fondo de una historia sin ser ni periodista ni detective” (la película de hecho está basada no solo en los sucesos que rodearon el caso del Zodiac real, sino más bien, en la obra literaria del verdadero joven dibujante Robert Graysmith respecto de ellos).
Pero ojo, aquella lección no radica exclusivamente en que el protagonista busca “más” en la biblioteca. Radica en que busca “mejor”. Es capaz de relacionar lo que lee con experiencias presentes o pasadas (básico pero difícil). Además, es el único en la historia que parece dispuesto no solo a enfrentarse a sus miedos, sino que también a pagar el precio de obsesionarse con ellos, hasta sus últimas consecuencias.
Eso sí, aquí se nota que la peli es un thriller y no un drama, o un intento de mezcla de ambos, pues más que preocuparnos de los “por qué” de esta obsesión, nos centramos en la acción que ésta desencadena, sin alejarnos de la pregunta original sobre ¿quién es el jodido asesino?
En Seven, Fincher ya había explorado los dilemas morales de los personajes en su lucha contra el mal. Aquí la cosa era vivir en carne propia la angustia-obsesión-frustración con que la pregunta fustigó a una sociedad. Sentirse perdido con tantas pistas que no conducen a nadie, o peor aun, sentir constantemente que se está cerca pero no.
No extraña que Fincher se haya decantado por esta historia para regresar a las pantallas. No en vano, él como director también es conocido por ser obsesivo, si no el más.
Pero claro, a la peli también le encontramos vacíos, e incluso no nos gustaron algunos de los actores y sus personajes, pero mágicamente le perdonamos todo. Terminamos sacándonos el sombrero ante su capacidad para exponer tanta info sin hacernos desaparecer en la oscuridad de la sala. Sentimos que para Fincher era importante que estuviésemos ahí. Respetamos que no haya optado por soluciones fáciles y efectistas respecto de la historia y su evolución, y que en cambio haya decidido narrar de una manera seca y fiel los hechos retratados.
Al final (no, no es un spoiler) nuestra necesidad de resolución se resuelve de una manera exquisitamente cinematográfica y nos vamos contentos por la experiencia.
Quizás, y volviendo a lo que decía en un comienzo, nos fuimos contentos por el hecho de que se confió en nosotros. En que éramos capaces de aceptar las reglas del juego, de asumir las consecuencias y disfrutar con ellas. Algo parecido a lo que le ocurre al protagonista. En otras palabras, Fincher se la jugó y confió en que no éramos analfabetos funcionales, regalándonos una obra que el reconoce como un paso hacia su madurez.


