viernes, 24 de agosto de 2007

Tom Tom, muéstrame el camino




Picture this: Conduciendo a través de la carretera rural más desolada del mundo, 3 p.m. de un sofocante día de verano y la señal de la gasolina que ya lleva advirtiendo por un buen rato que tentar la suerte no es el mejor camino en la vida.

¿Qué hacer? ¿Acelerar? ¿Volver sobre nuestros pasos hasta encontrar el último punto urbano por el que pasamos? ¿Recriminarnos por no haber previsto lo verdaderamente único que debíamos prever?
Digo recriminarnos porque sí, para variar Mr. Frogo, mi fiel compañero de aventuras se encontraba a mi lado para recordarme lo difícil que puede ser a veces lo que usualmente es fácil.

Luego de culparnos mutuamente por un buen tramo, y cada vez más pendientes del marcador de la gasolina que del sinuoso-vomitivo-me-mareo-a-la-derecha-no-mejor-a-la-izquierda-la-otra-izquierda-camino, nos enfrascamos en ese silencio post tempestad en el que aun nuestro orgullo nos impide retomar la conversación para echarle la culpa a un tercero llamado circunstancia. Ese que hace que los que habíamos discutido ahora volvamos fríamente a ser amigos frente a la adversidad. Como en las pelis de catástrofe. Mr. Frogo como Charlton Heston y yo como Gene Hackman, uniendo fuerzas. La rubia chillona que muere y celebramos nos la guardábamos para más tarde. Ahora era el momento de salir del problema. Una nueva advertencia del gasolinómetro sonaba como la última. Había que pensar rápido y jugar todo o nada (nada = caminar mil kilómetros hacia el desierto para morir de sed, y luego descuartizados por obra de buitres y hienas).


¿Quién nos había sacado de la carretera para “supuestamente” surcar el camino “más corto” hacia nuestro destino? El enemigo circunstancia tiene nombre y apellido: Tom Tom, el GPS amigo. Para los no entendidos, un pequeño dispositivo electrónico que sobrenaturalmente se conecta con un satélite (sí señores, el futuro es hoy y están entre nosotros) para luego desplegar en una pequeña pantalla información del tipo como, donde, y hacia donde vamos.

El solo imaginar que un rayo proveniente del pequeño artefacto, se eleva desde nuestro auto en movimiento, cruza las nubes (estaba despejado pero suena más heavy), la estratosfera, ve la tierra y el cosmos a lo lejos, para luego interactuar con un robot que nos responde a “nosotros”, sí a “nosotros”, ni un centímetro adelante ni uno atrás, es corpúsculo Krauseano. Del planeta éxtasis ese.

La tecnología había hecho que nos entregáramos. Nos había hecho morder el anzuelo que aunque no lo reconozcamos, nos encanta morder. Nos encanta que nos guíen. Nos encanta que haya alguien que haya recorrido el camino antes que nosotros para evitarnos luego los desafíos y/o dilemas. Somos animalitos pensantes, pero animalitos al fin y al cabo. Necesitamos cobijo en nuestras vidas y como animalitos sabemos que nuestra madre saldrá a cazar para luego dárnoslo. Por lo menos hasta que seamos grandes y podamos valernos por nosotros mismos.

Pero estamos en una era de revoluciones, y las leyes de la naturaleza se han roto una y mil veces. La sensación agobiante a la que estamos expuestos en nuestra sociedad actúa sobre nosotros inyectándonos desasosiego, confundiéndonos, desequilibrándonos, haciéndonos preferir proyectar infinitamente el siguiente paso antes que realmente darlo. ¿Qué camino tomo? Los cuatro puntos cardinales son tres, norte y sur.

El cobijo será siempre mejor. El equilibrio que ello nos brinda desencadena la reacción química que desde nuestras células, cruzando tejidos y nubes, llega hasta nuestro cerebro con forma de ideas y finalmente decisiones. La decisión de dejar que el “destino”, otra persona, o las circunstancias nos den lo que nos corresponda. Preferimos conformarnos con eso antes que amotinarnos. Siempre habrán souveniers del “Che” o del grupo Rock-Punk de turno en la tienda de la esquina para acabar borrachos.

Mr. Frogo y yo encarábamos la última recta de nuestra aventura. La carretera inhóspita no había terminado, y no sabíamos si nos movíamos producto de una pendiente o por los últimos estertores del motor, pero tomaríamos una decisión. La tomaríamos “nosotros”. Nos hicimos cargo de nuestro dilema y nos despedimos del cobijo que mami Tom Tom nos ofrecía.



Aprendíamos una vez más, a fuerza de catástrofe, que la única forma de evitar nuestra propia carroña es atreviéndonos a guiarnos a nosotros mismos.

El siguiente pueblo nos daba la bienvenida en el horizonte, con un abrazo y los tan preciados litros de gasolina para continuar el viaje.

Que el destino pague.

domingo, 19 de agosto de 2007

La Morte Rouge




La mejor película española del año pasado no es un largometraje ni un corto, no es ficción ni documental, no tiene un reparto profesional ni se ha estrenado en salas ni DVDs. Por desgracia.

La morte rouge, híbrido de autobiografía y reflexión sobre la creación, la realidad y el recuerdo durante la infancia, es un mediometraje del director vasco Víctor Erice realizado por encargo para la exposición Correspondencias, muestra hispanofrancesa de la obra del autor español y su homólogo iraní Abbas Kiarostami.

En esta película, Erice nos cuenta la historia de un niño que descubre por primera vez el cine sin haber sido alertado de que sus tramas son pura invención. Aterrado, cuando el niño-Erice contempla una película de intriga no sólo se inquieta por lo siniestro del cuento sino por la complicidad de la audiencia, que es testigo de los crímenes sin inmutarse. Afuera en las calles, otros crímenes –es la posguerra- quedan también sin resolver y se mezclan en los sueños del niño.

La obra es un prodigio de media hora que ahonda en la poesía sin caer en grandes brochazos, en pedanterías grandilocuentes ni obviedades. Al contrario, resulta una película humilde. Es un mediometraje frente a los largos cada vez más largos. Frente a la macrohistoria recurre a la microhistoria, la de un director y una película poco conocidos. Y frente a la vida de un niño como otro cualquiera en el franquismo; el mar, símbolo de lo que permanece.



Es un error pensar en La morte rouge como una historia autobiográfica sin más. Sus reflexiones borgianas sobre cómo los autores desarrollan historias muy reales para otros van más allá. Yo también he soñado en mi infancia con un ET de carne y hueso, algo que me acompañará con más viveza que cualquier enseñanza del parvulario. Los dioses y los mitos no por no existir son menos poderosos, como dice Alan Moore.

Pero es notorio que Erice haya hecho esta película cuando se acerca a los setenta años. Me hace pensar en la frase de Robert Crumb: llega un momento en que contemplas la dimensión épica de tu propia vida. Toda ella es narrable, y es la que mejor conoces.

Muchas personas devienen narradores inevitables, en primera persona, de su propia vida. ¿Cuántos de nosotros nos hemos puesto unos cascos con el reproductor de CD o mp3 y hemos visto moverse el paisaje al ritmo de la música? Se dice que Alfred Jarry, autor de Ubú rey, terminó pareciéndose mucho a su propio personaje, basado en un profesor del colegio al que todos ridiculizaban. Jarry adoptó su forma de hablar y su excentricismo. Y no sólo es propio del arte. El conde duque de Olivares, en su lecho de muerte, recordaba a voces “cuando era rector” de la universidad de Salamanca. Erice, preso de su propio y hermético perfeccionismo, ha sido incapaz de realizar un largometraje en diecisiete años. La morte rouge es muchas cosas pero podría ser el espejo en el que se refleja, doloroso, el retrato de un director que ha sido secreto durante años.
La ficción puede ser la otra cara de nuestra realidad. A veces presenciamos las obras de fantasmas, pero ellos son nuestros últimos espectadores.

Nota GaGa: Los señores, señoritas y animales gaga detrás de este blog dan una cariñosa bienvenida al respondable de este post, nuestro querido amigo Albretch. ¡Y que sean muchos más!

martes, 14 de agosto de 2007

La vida de los otros y las teorías conspirativas



Fui a ver la alemana “La vida de los otros” y lo que sentí fue la sensación de que alguien me estaba adoctrinando.
Vamos al comienzo de aquellas sensaciones.
Tras los primeros minutos de metraje me despegué de la peli y dejé a mi cabeza rodar por muchos pensamientos. A teorizar, a recordar cosas, a viajar lejos pero cerca de la pantalla. Claro que influyó el ritmo de lo que se me estaba contando. En fin, en ese momento, llegue a la estúpida conclusión de que en el mundo conviven dos razas muy distintas. Las diferencia el poder.
Una de ellas sería algo así como la “idealista”. La otra, la “dominadora”. La primera opinaría que las cosas se pueden cambiar con la unión de sus fuerzas en pos de una causa común. La segunda, no estaría tan lejos, pues su fin es el mismo. Conseguir que cambie el orden de las cosas. Sin embargo a diferencia de los “idealistas” para los “dominadores” la unión de “todos” por una causa es inviable. Es más, luchar por una causa requiere insoslayablemente controlar (o contener) al, llamémoslo en jerga bélica, “enemigo”. Dominarlo.
Pero ojo, la gracia está en que no se de cuenta de ello. Hacerlo hacer las cosas que queremos y que piense que las hace libremente. En definitiva, ser más listo que él.
Aquí no importa que estén todos unidos. Lo que importa es que los pocos (o muchos) convencidos de algo, tengan el poder y una estructura que acoja y valide el “dominar a los otros”.
Retomo la película y mi teoría “idealistas” v/s “dominadores” y me pone de mal humor pensar que estoy entre los primeros. Me pone de peor humor que de no querer estarlo tenga que estar entre los segundos. Esa disyuntiva me hace volver a “la vida de los otros” con el ceño fruncido.
¿No les jode a ustedes que el mundo de los que buscan el camino lateral parezca el real? ¿El más viable aunque no el más ético, civilizado ni correcto? Poniéndolo en “normalito”, como decía un querido profesor que tuve por ahí. ¿No les toca los eggs que vaya el listillo y ponga a todos sus amiguetes enfrente de ti, en una fila que lleva mil horas de insolación?
Quiero entender que todas esas sensaciones tienen que ver con la decisión narrativa de la peli de que empatice con los protagonistas. Estandartes del idealismo.
Con el escritor y su novia actriz, que me venden como tan buenos que me da rabia. Punto en contra. La empatía no funciona y el ceño fruncido entra en un punto sin retorno en la estructura celular que le da forma.
Comienzo a escarbar en lo que tengo enfrente y no me demoro mucho en darme cuenta del adoctrinamiento pro valores USA que hay de fondo.
Sí, sí... ya se que esto echa para atrás porque se ha usado mucho, y es por eso que me declaro de ante mano un no Michael Moore. Me explico, no me importa que la política de EEUU desde hace mucho sea lo que es. Idealista es enojarse contra aquello. Entenderlo y aceptarlo ayuda a descubrir, según mi humilde opinión, cuando se nos está haciendo creer que escuchamos la verdad o cuando estamos tomando una decisión libre. Por lo menos te empuja a investigar por tu cuenta pues enojados hay muchos y sigue estando la cagada en el mundo mientras la gente de BP se sigue cagando de la risa viéndonos comprar gasolina extra verde.
“La vida de los otros” con su Oscar, su Buenavista Internacional como distribuidora, y con su Alemania mala y buena, no me convence en lo mas mínimo. Mejor estaba la “Good Bye Lenin” (aunque en la mitad se transforme en una screwball comedy).
Sus personajes acartonados, su “transformemos al malo en bueno porque echa de menos lo que nos hace humanos”, dígase vivir en pareja, amor, y todas las cosas que suenan ñoñas cuando se venden forzadamente. Digase2 cuando se esta tratando de adoctrinar.
No. No y no3.
Sin embargo, es interesante la ambientación. El sentir que se está enfrente de otros códigos culturales y por añadidura emocionales. ¿Son los alemanes/as tan fríos como me lo parecen, o es solo que los actores lo hicieron mal?
¿Preferiría a Sean Pen gritando al cielo con la cabeza caliente escapando del primer plano de la lagrima en su mejilla al son de la música mas apoteósica, trillada y efectista que se podía encontrar como ocurre en Mystic River?
¿Quizás el grito muteado de Al Pacino en El Padrino III sería mas adecuado?
Sí, estoy un poco enojadin con que hayan malos y buenos por todos lados. Principalmente porque mientras más me crecen los pelos que salen desde mis oídos me encuentro con que en la vida existen por sobre todo las circunstancias. Y que lo malo y lo bueno son caras de una misma moneda que se vuelca para uno u otro lado constantemente.
A veces somos idealistas y nos enojamos por estas cosas. A veces somos dominadores y ni siquiera nos damos cuenta de que lo somos. O peor aun. Ni siquiera nos interesa reconocerlo. Pero eso es de idealistas, y yo estoy enojado.

Pd: ¡Dios! La tinta roja me mató.
Pd2: Y el Oscar que lleva gente al cine, para ver una peli que no es americana semi también.