
El pasado 21 de Julio se cumplieron 40 años del primer, y hasta ahora único viaje del hombre a la Luna. Un efeméride que siempre me ha apasionado, y no porque quisiera ser astronauta cuando pequeño. No. Yo quería ser payaso o mago, pero astronauta ni se me pasó por la cabeza.
Hay muchas historias que rodean aquella punta del iceberg en la carrera espacial que hacen que sienta tal pasión. El contexto político, la trastienda científica y los avances tecnológicos que por entonces se impulsaron y que hoy podemos gozar en el sin fin de dispositivos que nos acompañan a todos lados haciéndonos más fácil y divertida la vida.
Quizás la gran causa de mi fascinación tiene que ver con una sensación de cambio de paradigma. Que el hombre llegara a la Luna fue sin duda uno de esos momentos en los que “ya nada será como antes”. Momentos de esos hay pocos, o suelen ser más sutiles (por ejemplo la irrupción de Internet en nuestras vidas o la aparición de la TV como fenómeno de masas). En este caso, de un día para otro el hombre volaba al espacio (algo que si lo pensamos bien aun hoy suena raro), posaba su nave sobre la Luna, tal como en las pelis Sci-Fi, para finalmente caminar, rebotar y hablar con todos (TODOS) allá abajo. Así no más. Sin anestesia.
En estos días he aprovechado cada momento junto a mis padres para transportarles a sus recuerdos de ese 21 de Julio del ‘69. Algo así como el rito de preguntarle a tus amigos qué es lo que estaban haciendo para el terremoto del ’85. Y debo decir, me he divertido y emocionado bastante con los detalles de sus rostros al reconstruir la experiencia mirando el vacío (¿han reparado en el hecho de que cuando uno recuerda imágenes queda ciego por ese momento? Intenten probar lo contrario, no se puede, ¿o soy solo yo? En fin.).
Mi madre se recuerda como una niña alucinando sentaba frente a la TV. Rodeada como nunca por toda la familia (padres y hermanos, A.K.A. mis tíos). De echo, no tienen ninguna foto juntos. Ni hablar de eso.
Cuando finalizó el espectáculo, salió a la calle y miró incrédula el cielo. Al margen que ella era una niña, aquello era realmente asombroso.
Mi padre, joven universitario en práctica, hacía lo mismo desde la Patagonia chilena. Rodeado de hombres, una mesa de pool y un aislamiento similar al que pudieron sentir el Comandante Amstrong y compañía. Mi padre recuerda que pensó que nada era imposible a partir de ese entonces y según él utilizó ese pensamiento como espada al enfrentarse a varios desafíos futuros.
Vuelvo al 21 de Julio de este 2009 y lo contrasto con el de 1969. El resultado es más intenso de lo que jamás podría haber imaginado.
Bien por la noche, a eso de las 9, termino mi jornada y regreso a casa con ganas de ponerme mis zapatillas y partir al gimnasio a sudar. Pero no. El destino quería que me enfrentara a otro desafío. Salvar a mi perra labradora de la muerte.
Pero antes de explicar eso vuelvo a 1957, a una de mis historias favoritas. Vuelvo a la historia del primer ser vivo en orbitar nuestro planeta. El animal que hizo que todo fuera posible. Vuelvo a la historia de Laika la perrita cosmonauta:
El 4 de octubre de aquel 1957 la antigua Unión Soviética se adelantaba a los Estados Unidos en la carrera espacial al poner en órbita el primer satélite artificial de la historia: El Sputnik 1.

El éxito de la misión encumbró el orgullo soviético a tal punto que el líder Nikita Jrushchov no dudó en solicitar, solo un mes más tarde, una nueva misión para conmemorar el cuadragésimo aniversario de la revolución bolchevique.
A pesar de que se estaba construyendo un nuevo satélite este no estaría listo en los plazos requeridos. Se optó entonces por construir uno menos complejo.
Los ingenieros tenían escasas 4 semanas por delante, pero esta no era la única exigencia que complicaría su trabajo.
La petición incluía esta vez construir un artefacto capaz de llevar a una criatura viva en su interior.

Laika era una perra callejera de Moscú y tenía 3 años cuando fue capturada para el programa espacial.

Su entrenamiento estuvo orientado a resistir las condiciones de un viaje que hasta ese momento nadie se había atrevido a realizar.
Confinamiento en una cápsula por 20 días, ruidos, vibraciones y aceleraciones centrífugas fueron parte de las simulaciones a las que fue expuesto el animal resultando en agitación extrema y deteriorando su condición física general.
Pero la cuenta regresiva estaba en marcha.

El 3 de Noviembre de 1957 el Sputnik 2 despegaba hacia el espacio con Laika en su interior.
Al alcanzar la nave la máxima aceleración los ritmos respiratorio y cardiaco del animal, monitorizados con atención desde el cosmódromo en tierra, se incrementaron varias veces por sobre el valor normal.
Al alcanzar la órbita, la punta cónica del Sputnik 2 se desprendió con éxito. Sin embargo, una segunda placa falló impidiendo que el control térmico funcionara correctamente. En pocos minutos la cápsula alcanzaría los -40 °C y tras tres horas de microgravedad, el pulso de Laika descendía por debajo de 102 latidos por minuto para detenerse por completo a las 7 horas de lanzado el artefacto.
Sin embargo, las informaciones provenientes de Moscú decían que el animal se comportaba en calma en su vuelo heroico y pionero, y que en pocos días descendería de regreso a la tierra, primero en su cápsula espacial y luego en un paracaídas.

El ataúd intergaláctico de Laika orbitaría la tierra 2570 veces antes de desintegrarse por completo en la atmósfera el 4 de Abril de 1958.

Décadas más tarde Oleg Gazenko, quien había sido el encargado de entrenar a la perra cosmonauta reconocía ante la opinión pública:
“Cuanto más tiempo pasa más lamento lo sucedido. No debimos haberlo hecho...ni siquiera aprendimos lo suficiente de aquella misión como para justificar la pérdida del animal”.
Los avances de la humanidad habían exigido un sacrificio. Laika había sido la elegida.
Vuelvo al 21 de Julio del 2009 y a la historia de mi perra moribunda.
Al bajar del auto frente a casa me encuentro con mi hermana pequeña saliendo entre tiritones y llorando. Nerviosa, desesperada. Le pregunto qué pasa y me dice que se va al veterinario con Petra. Se está muriendo.
Enfoco mejor entre la confusión y veo a mi labradora anciana caminando obnubilada en busca de un vómito que no llega. La examino en una fracción de segundos y veo que su abdomen y caja torácica están infladas. No un poco. MUCHO.
Siento pena. La perrita, NUESTRA perrita de 10 años (humanos) está sufriendo. Solo atino a cogerla con fuerza y candor. Le digo a mi hermana que esté tranquila. Que vamos volando a hacer todo lo posible por salvarla.
Media hora más tarde me encuentro en medio de un equipo médico veterinario ayudando a meterle un tubo que pueda aliviarle la acumulación desmesurada y feroz de gas en su interior. Pregunto qué pasa mientras siento el estremecimiento de su cuerpo en mis brazos. Mi hermana llora. Me dicen que hay que operarla de urgencia para salvarla. Digo que claro, sin dudarlo. Me responden que no hay cirujanos disponibles hasta en 2 horas. Ya son las 22:30 y siento la debilidad en las patitas de Petra. Mi hermana llama entre lágrimas a amigos y familiares. TODO nuestro Santiago de Chile conocido se moviliza para encontrar un equipo de cirujanos y una dirección a dónde partir.
Sacamos el tubo del interior de nuestra mascota y con la bolsa de suero en alto partimos al auto y luego a un quirófano lejano pero en condiciones. Arriesgo mi vida al volante mientras pregunto a mi hermana si la perrita respira. Sí, me responde. Finalmente llegamos y nos esperan.
Nos desvelamos. La operación dura 4 horas y nos recomiendan esperar en casa. Doy mi teléfono como contacto y espero.
A las 3:44 de la madrugada recibo una llamada y respiro profundo antes de escuchar.
Petra ha sobrevivido. Nos dicen que gracias a que hicimos todo a tiempo. Respiro profundo una vez más y llamo a todos los cercanos multiplicando la sensación de alivio AM.
Hoy Petra sigue bien en su proceso de recuperación. Quizás en unos años más me pregunten qué estaba haciendo cuando el hombre llegó a la Luna. Diré que no había nacido aun pero que tengo otra historia para contar a cambio.

