
Mi madre está a miles de kilómetros de distancia de donde me encuentro ahora, pero no faltan momentos espontáneos o inventados para recordar el cariño que nos une.
Una semana antes del día de la madre en Chile, y como con un desfase tipo Jet Lag, se celebró el famoso día acá en España. Y como no, pronto me vi celebrando con Mr. Frogo y su progenitora en un cine amigo madrileño, a oscuras frente a la maciza La Môme, vida y obra de Edit Piaf. Una peli respetuosa, emocionante y transparente. Que a pesar de su director y su reputación, no cayó en ningún momento en el efectismo emocional ni audiovisual para amplificar los dolorosos pasajes y éxitos de una mujer de talento privilegiado como lo fue la Piaf. De esos puros e inmortales.
Del por qué mi madre tiene un nexo con esta historia hablaré más adelante. Ir por parte es mi defecto. Cuando vean que en la película justamente se intenta lo contrario entenderán el mérito que tiene aquello. En fin.
Hacer una película biográfica me parece inevitablemente un acto de reinvención. Sí, alejarse de los tópicos que hicieron de ese personaje alguien querido u odiado por el imaginario colectivo, y transformarlo en algo totalmente nuevo, fresco, con el cual empatizar a pesar de pequeños o grandes defectos me parece por decir lo menos una tarea titánica. Es mantener una postura narrativa “libre” y al mismo tiempo tangencial a los hechos reales, en busca del ser humano oculto tras el genio o demonio. Una especie de constructivismo creativo.
Hitler en “Der Untergang” (El Hundimiento) es un ejemplo claro y reciente del aquel intento, así como también la vida de Jack La Motta, en la clásica “Raging Bull” (Toro Salvaje). Pero cuando hablamos de Edit Piaf es diferente. Al contrario de lo que ocurre con los protagonistas de ambos ejemplos, en ella la destrucción no se expande más allá de los límites de su piel. Cualquier explosión es interna y solo somos testigos de aquello a través del dolor y pasión con que su voz disfraza esos sentimientos en cada una de sus interpretaciones. Explicarlo pone los pelos de punta.
Edit Piaf tuvo un don. Un super poder. Un ángel de la guarda que la rescató del hambre y de la calle. Pero solo le alcanzó como anestesia al cuerpo. Las heridas del alma seguirían ahí y dedicaría su vida a intentar sanarlas. Es la lucha la que trasciende. La búsqueda del amor y del cobijo. Alguien por ahí alguna vez me dijo que los problemas existen en estado líquido o gaseoso, y cuando logramos que se solidifiquen, aparece la obra de arte.
De alguna extraña forma aquí es cuando aparece mi madre en esta historia. Edit Piaf a pesar de todas las dificultades tenía su voz recordándole en todo momento que aquella transformación física es posible. Yo no tengo ese don como recordatorio, pero sí tengo a mi madre.
"La vida en rosa puede" ser para muchos otra frivolidad maquiavélica de Olivier Dahan, con una sobre actuada Marion Cotillard. Para mi y los que estábamos ese día en el cine, fue un fresco lleno de excesos emocionales tan coherente con a quien retrataban.
La discusión está abierta.
El cine nuevamente se sale con las suyas rescribiendo furtivamente pasajes de la historia. Por lo menos la que imaginamos.
A mi por ejemplo me hizo recordar con cariño a mi madre.


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