
El 11 de Septiembre del 2001 AM me encontraba trabajando en Santiago de Chile para una institución que rehabilita a niños y adolescentes con discapacidad (Fundación Teletón), cuando de pronto un amigo se me acerca corriendo para decirme textualmente “empezó la tercera guerra mundial”.
Obviamente no le creí y seguí trabajando con los niños hasta vi de lejos a un grupo de colegas frente a un televisor. Un edificio en llamas era el espectáculo. Esa tarde una profunda pena me hizo querer hablar con varias personas para decirles “te quiero”. Un avión me podía caer en la cabeza en cualquier momento y más que nunca deseaba estar en paz con mis enemigos, amigos y disfrutar lo que la vida me quisiera dar.
3 años más tarde la vida quiso que estuviera en Madrid.
Al cabo de pocos meses de haber aterrizado chocaría de frente y sin airbag contra los fantasmas de aquel septiembre 01. Fue también un día 11 pero esta vez de Marzo. Vivía en el sofá de un amigo, ludópata y argentino, que me acogió en momentos de desesperada miseria, la misma que me haría aceptar un trabajo en el que no hablaba con nadie porque mis funciones eran de invisible mudo.
Desconectado del planeta ese día salí de aquel “trabajo” a las 4 de la tarde y me encontré con una ciudad fantasma, triste. Se respiraba un aire malo, muy malo. Me metí en el metro y caminé hasta el andén a esperar el tren que me llevaría de vuelta a casa (o al menos al sillón). Fue ahí cuando levanté la vista hacia una tele y vi por primera vez las noticias. Primero no entendí nada. Mis ojos me decían que ese manojo de chatarra chamuscada era un tren. Luego por fin leí el scroll y me di cuenta que las imágenes realmente hablaban de Madrid. Me di cuenta que, sin saberlo, estaba atrapado en la ciudad donde ese día se vivía el Apocalipsis.
Aun aturdido hacía esfuerzos y recordaba que esa mañana desde casa había tratado de chequear Internet sin éxito. Más tarde me enteraría que habían robado el 1er piso de nuestro edificio cortando la alarma. Nos habían cortado el teléfono, el ADSL y por lo tanto desconectado del mundo. Peor aun, me habían desconectado de mi familia.
Recordarlo me emociona. Fue una cosa de segundos. Se me ablandaron las piernas. Eran las 4 de la tarde y sin duda en Chile, en mi casa, desde las 8 AM pensaban que yo estaba explosionado, mutilado o aun peor, muerto.
Me dieron ganas de llorar, de acelerar el tren para llegar rápido a algún teléfono público donde poder meter ese Euro y marcar el 0056.
Mi hermana ahora me cuenta que cuando mi mamá despertó y vio la tele se quedó muda. Muda por largos minutos. No tenía por qué saber que en Madrid el tren de cercanías RENFE es diferente al Metro de la ciudad. No tenía por qué saber que yo estaba a salvo.
Va a parecer increíble, y lo es. 2 años después de este suceso y casi 5 luego de lo de NY, me encontraría en Londres. Fue un 7 de Julio. Yo vivía sobre un negocio de revistas y lotería cerca de Peckham Rye en el south east de la ciudad. Aquella mañana como casi siempre bajé muy temprano a la biblioteca pública del barrio a leer un poco de prensa y a escribir mails.
Las noticias hablaban de “desperfectos en unas cuantas líneas del “London tube”. Poco más tarde aquellos desperfectos mutarían a sendas explosiones y muertos por culpa del terrorismo (sea lo que sea que eso signifique).
Esta vez tenía 5 horas de ventaja sobre Chile. 5 horas perdidas en un limbo geo espacial gracias a las cuales mi familia podría soñar un poco más, despertar y encender la TV para luego encontrarse con la tranquilidad de mi mail en sus bandejas de entrada: “Estamos bien, en casa y a salvo. Tenemos un poco de miedo. La ciudad está sitiada. Las autoridades recomiendan no salir y por ningún motivo pensamos hacerlo. Los quiero. Estén tranquilos. Seguiré en contacto”.
Las semanas siguientes pude rasgar una vez más el lienzo que conocemos por mundo para echar un vistazo a través. Una vez más porque ya lo había hecho en Madrid. Pude ver al ser humano comportándose como un pequeño ratón blanco inseguro, desconfiado y temeroso encerrado en un laberinto sin salida. Una vez más pude ver el pánico en rostros ajenos. En ese metro, el de Londres, donde hace más de 50 años mujeres y niños habían logrado refugiarse de un bombardeo quizás aun más bestial.
Todas estas experiencias me hicieron reflexionar y cambiar de opinión por un tiempo. Durante esas épocas de permanente alerta animal dejaría de lado mi predilección por los grises de la vida, los matices, para luchar forzadamente entre el Blanco y Negro. El blanco y negro que impera durante el caos. Vida y muerte no pudieron estar más cerca de mi cotidianidad y aquello me marcó.
Con el paso del tiempo el equilibrio ha vuelto a restaurarse. Nuevamente puedo disfrutar de aquellos matices de la vida. Sin embargo, la sensación permanecería latente para siempre, lista para ser reactivada con toda su fuerza frente a algún estímulo preciso.
Ocurrió también en Londres, y aunque aquí no hubo explosiones ni muerte, sí hubo caos. Inmediatamente puse mi switch en alerta. Mi cuerpo lo sentía. También las personas con las que compartía en ese momento. Trabajaba esta vez en un teatro como parte del Staff. Lo recuerdo perfecto. Parecía como si la ciudad se acallara para recibir un impacto. En ese silencio comencé a escuchar gritos. Con Mathiew nos paralizamos, aguzamos nuestras antenas. Pasó un segundo y recibimos una llamada por interfono. Nos avisaban que estuviéramos preparados pues una estrella venía al teatro a ver el espectáculo. Pero no una estrella cualquiera (como a las que estábamos acostumbrados), esta era “la” estrella.
Bobbies cortando la calle, gente gritando dividida en dos bandos (amor y odio), y caos. Por sobre todas las cosas caos.
Bajé corriendo los 5 pisos del edificio para llegar a la puerta principal. Los guardias trataban de contener a la multitud fuera de sí cuando de pronto, pasando entre un diminuto espacio formado por brazos y piernas apareció él: Michael Jackson.
Me quedé helado. Nos quedamos helados. Solo atiné a decir “Hi”. El me respondió suavemente y dejó que mis compañeros le guiaran hacia su asiento. El show comenzó aunque claramente ese día los focos no estarían en el escenario.
Obviamente no le creí y seguí trabajando con los niños hasta vi de lejos a un grupo de colegas frente a un televisor. Un edificio en llamas era el espectáculo. Esa tarde una profunda pena me hizo querer hablar con varias personas para decirles “te quiero”. Un avión me podía caer en la cabeza en cualquier momento y más que nunca deseaba estar en paz con mis enemigos, amigos y disfrutar lo que la vida me quisiera dar.
3 años más tarde la vida quiso que estuviera en Madrid.
Al cabo de pocos meses de haber aterrizado chocaría de frente y sin airbag contra los fantasmas de aquel septiembre 01. Fue también un día 11 pero esta vez de Marzo. Vivía en el sofá de un amigo, ludópata y argentino, que me acogió en momentos de desesperada miseria, la misma que me haría aceptar un trabajo en el que no hablaba con nadie porque mis funciones eran de invisible mudo.
Desconectado del planeta ese día salí de aquel “trabajo” a las 4 de la tarde y me encontré con una ciudad fantasma, triste. Se respiraba un aire malo, muy malo. Me metí en el metro y caminé hasta el andén a esperar el tren que me llevaría de vuelta a casa (o al menos al sillón). Fue ahí cuando levanté la vista hacia una tele y vi por primera vez las noticias. Primero no entendí nada. Mis ojos me decían que ese manojo de chatarra chamuscada era un tren. Luego por fin leí el scroll y me di cuenta que las imágenes realmente hablaban de Madrid. Me di cuenta que, sin saberlo, estaba atrapado en la ciudad donde ese día se vivía el Apocalipsis.
Aun aturdido hacía esfuerzos y recordaba que esa mañana desde casa había tratado de chequear Internet sin éxito. Más tarde me enteraría que habían robado el 1er piso de nuestro edificio cortando la alarma. Nos habían cortado el teléfono, el ADSL y por lo tanto desconectado del mundo. Peor aun, me habían desconectado de mi familia.
Recordarlo me emociona. Fue una cosa de segundos. Se me ablandaron las piernas. Eran las 4 de la tarde y sin duda en Chile, en mi casa, desde las 8 AM pensaban que yo estaba explosionado, mutilado o aun peor, muerto.
Me dieron ganas de llorar, de acelerar el tren para llegar rápido a algún teléfono público donde poder meter ese Euro y marcar el 0056.
Mi hermana ahora me cuenta que cuando mi mamá despertó y vio la tele se quedó muda. Muda por largos minutos. No tenía por qué saber que en Madrid el tren de cercanías RENFE es diferente al Metro de la ciudad. No tenía por qué saber que yo estaba a salvo.
Va a parecer increíble, y lo es. 2 años después de este suceso y casi 5 luego de lo de NY, me encontraría en Londres. Fue un 7 de Julio. Yo vivía sobre un negocio de revistas y lotería cerca de Peckham Rye en el south east de la ciudad. Aquella mañana como casi siempre bajé muy temprano a la biblioteca pública del barrio a leer un poco de prensa y a escribir mails.
Las noticias hablaban de “desperfectos en unas cuantas líneas del “London tube”. Poco más tarde aquellos desperfectos mutarían a sendas explosiones y muertos por culpa del terrorismo (sea lo que sea que eso signifique).
Esta vez tenía 5 horas de ventaja sobre Chile. 5 horas perdidas en un limbo geo espacial gracias a las cuales mi familia podría soñar un poco más, despertar y encender la TV para luego encontrarse con la tranquilidad de mi mail en sus bandejas de entrada: “Estamos bien, en casa y a salvo. Tenemos un poco de miedo. La ciudad está sitiada. Las autoridades recomiendan no salir y por ningún motivo pensamos hacerlo. Los quiero. Estén tranquilos. Seguiré en contacto”.
Las semanas siguientes pude rasgar una vez más el lienzo que conocemos por mundo para echar un vistazo a través. Una vez más porque ya lo había hecho en Madrid. Pude ver al ser humano comportándose como un pequeño ratón blanco inseguro, desconfiado y temeroso encerrado en un laberinto sin salida. Una vez más pude ver el pánico en rostros ajenos. En ese metro, el de Londres, donde hace más de 50 años mujeres y niños habían logrado refugiarse de un bombardeo quizás aun más bestial.
Todas estas experiencias me hicieron reflexionar y cambiar de opinión por un tiempo. Durante esas épocas de permanente alerta animal dejaría de lado mi predilección por los grises de la vida, los matices, para luchar forzadamente entre el Blanco y Negro. El blanco y negro que impera durante el caos. Vida y muerte no pudieron estar más cerca de mi cotidianidad y aquello me marcó.
Con el paso del tiempo el equilibrio ha vuelto a restaurarse. Nuevamente puedo disfrutar de aquellos matices de la vida. Sin embargo, la sensación permanecería latente para siempre, lista para ser reactivada con toda su fuerza frente a algún estímulo preciso.
Ocurrió también en Londres, y aunque aquí no hubo explosiones ni muerte, sí hubo caos. Inmediatamente puse mi switch en alerta. Mi cuerpo lo sentía. También las personas con las que compartía en ese momento. Trabajaba esta vez en un teatro como parte del Staff. Lo recuerdo perfecto. Parecía como si la ciudad se acallara para recibir un impacto. En ese silencio comencé a escuchar gritos. Con Mathiew nos paralizamos, aguzamos nuestras antenas. Pasó un segundo y recibimos una llamada por interfono. Nos avisaban que estuviéramos preparados pues una estrella venía al teatro a ver el espectáculo. Pero no una estrella cualquiera (como a las que estábamos acostumbrados), esta era “la” estrella.
Bobbies cortando la calle, gente gritando dividida en dos bandos (amor y odio), y caos. Por sobre todas las cosas caos.
Bajé corriendo los 5 pisos del edificio para llegar a la puerta principal. Los guardias trataban de contener a la multitud fuera de sí cuando de pronto, pasando entre un diminuto espacio formado por brazos y piernas apareció él: Michael Jackson.
Me quedé helado. Nos quedamos helados. Solo atiné a decir “Hi”. El me respondió suavemente y dejó que mis compañeros le guiaran hacia su asiento. El show comenzó aunque claramente ese día los focos no estarían en el escenario.

Hace un par de días Michael murió, y me di cuenta que al margen del chiste sobre el color de su piel, su vida (como la de otros genios y estrellas) debe haber pendulado constantemente entre aquel blanco y negro tirano que gobierna durante el caos. Jackson fue sin duda uno de esos ratoncillos que buscan desesperadamente salir de ese laberinto bipolar. Luchó por escapar usando lo único que realmente le hacía libre; su magia. Sin embargo, llegó el momento en que su corazón simplemente no pudo más.
Sintonizo Bilie Jean y el caos se apodera de mi, esta vez con un dejo hermoso, triste y prodigioso. No puedo centrarme, las emociones me embargan. No puedo definirlas.
¿Pena? No lo sé. Dejo la cabeza a un lado y me dejo llevar. Mi pie hace rato que ha tomado la delantera y no para de bailar.
Sintonizo Bilie Jean y el caos se apodera de mi, esta vez con un dejo hermoso, triste y prodigioso. No puedo centrarme, las emociones me embargan. No puedo definirlas.
¿Pena? No lo sé. Dejo la cabeza a un lado y me dejo llevar. Mi pie hace rato que ha tomado la delantera y no para de bailar.


4 comentarios:
como cuando te conocí...o sí o no...nada de medias tintas...
Y fue que sí!
VENTE YA!
Se me activó una sensación que tenía olvidada, y es la del temor a la violencia militar. Mi infancia creció y se nutrió de esa sensación de miedo y silencio, y tal como dices: De rata de laboratorio desorientada que va de un lado a otro buscando protección. Ciertamente quizás sea eso lo que hace de Chile y los lugares en los que muevo un lugar de gente que se mueve de sensaciones de euforia romántica y otras de desesperación.... Y ya que me detuvo también la emoción, porqué no desprender de todo ésto que mi personalidad también esté construida de esa forma. Haber sobre vivido a la violencia, y a la desolación te hacen ser siempre una especie de
-Romántico Punk-
(Me llevo el bló)
Me gustó eso de "Romántico Punk".
Bienvenida!
Publicar un comentario